Buscar:
Su Novela
Barco Amazonas
Mujeres a bordo. Día 1

En el barco
El tamaño de las cuatro mujeres de frente al barco en medio del puerto era
insignificante en comparación con la inmensidad de la nave. La edad de las
cuatro era también bastante inferior a la del promedio general de los
pasajeros que subían por la rampa con dificultad, bastones o una lentitud
exasperante. Pero, claro, que un coraje bastante menor al que se necesita
para lanzarse desde la popa con tal de no vivir lo que la vida ya tenía
planificado para ellas. El futuro se les anticipaba con viejitos a babor y a
estribor, mientras ellas se mareaban en sus camarotes y, para colmo, sin la
presencia de Leo Di Caprio, que ya está instaladísimo en el inconsciente
colectivo cuando se piensa en un crucero. Ahí estaban. Helena, la dueña del
viaje, era la más entregada. Sobre todo porque ella sabía que todo lo que
después le gusta mucho, al principio no le gusta nada. Le pasó con el
roquefort, con la cerveza, con su amiga Carmen y con el sexo. Todo eso,
ahora, le gustaba con locura. De hecho, sabía que podía picar unos quesitos
mientras tomaba unas cervezas con Carmen en algunos de los bares del barco,
pero cómo iba a hacer sin Jorge, no tenía idea. Sobre todo, los lunes.
 
Cuatro años antes
Helena y Jorge llevaban quince años de casados cuando un día descubrieron
que hacía casi dos meses que no se tocaban. Tres. Ni siquiera recordaban
haberse rozado en la cama durante ese tiempo. Fue durante la noche del
domingo, madrugada del lunes, que Jorge entre sueños gritó “Teresa”. Helena
no conocía a ninguna Teresa y Jorge, menos. Sabía bien dentro de su alma que
su marido era fiel y que la amaba, pero una grieta gigante se estaba
instalando en el medio. Tenía que asesinar cualquier fantasía que estuviese
regalando el inconsciente a Jorge, recurriendo a una técnica que jamás
falla. Tenía que despertarlo en mitad de la noche. A los besos. Bajarle el
pantalón del pijama, treparse arriba de él y si hacía falta, llamarse
Teresa. Eso hizo el lunes. Y a ellos les pasó algo inexplicable, que ninguna
de las amigas de Helena entiende. Para ellas, Helena era una estructurada
incurable. Helena y Jorge, los tortolitos de los lunes, mejoraban semana
tras semana la técnica, cambiando posiciones, usando el despertador,
durmiendo desnudos y, de vez en cuando, incorporando pico, pala y tenaza.
Para rescatar, remodelar o retocar a un matrimonio hay que echar mano a todo
tipo de herramientas.
 
En el barco
Diez días era mucho. Pero la ecuación le seguía cerrando, igual que la
semana pasada: diez días con sus tres amigas del alma eran el mejor antídoto
para renovar la rutina, lograr que sus hijos la extrañen y que su ausencia
les dé a los hombres de su vida la posibilidad de subirse a alguna aventura
sin ella. Se los imaginaba bebiendo en algún bar, hablando de mujeres, quizá
guiñándole el ojo a alguna, y hasta jugando al póquer. Diez días en la vida,
para llegar justo al borde de la trampa, otra herramienta indispensable para
condimentar un matrimonio.
 
Una semana antes
Helena deambulaba por el supermercado. Estaba cansada. Le costaba hacer
fuerza porque tenía el carrito lleno y hacía seis años que estaba a dieta.
Estaba harta. En la góndola de las gaseosas, casi lo que más extrañaba,
decidió ponerle un rato de pausa y inflarse de burbujas. Eligió una botella
de dos litros y la metió en el carrito. Llegó a su casa, la puso en el
freezer. Bien fría la quería. Durante la comida, la abrió. Cuando vio una
inscripción del lado de adentro de la tapita, se la metió disimuladamente en
el bolsillo. “Ganaste un viaje para cuatro personas”. El resto de la
información estaba en la botella. Mientras la compartía con sus hijos y con
Jorge iba leyendo en la etiqueta lo que había ganado. Brasil. Crucero. Diez
días. Todo pago. No sabía qué hacer. Si se iba con ellos, todo sería
perfecto, pero más o menos lo mismo de siempre. Ella estaba necesitando otra
cosa: tomar distancia para volver con tutti. Se fue a la cama. Cerró los
ojos y lanzó una moneda imaginaria al aire. Cara, su marido y sus hijos.
Ceca, las chicas. La hizo girar, aterrizar en su mano y cuando la descubrió
ahí estaba. A las chicas se los dijo por e-mail. Asunto: parece un chiste
pero no lo es. Texto: “Me gané un viaje para cuatro personas. Crucero a
Brasil. Zarpa sábado que viene. Preparen los bolsos. No me llamen, acá nadie
sabe nada”.
 
En el barco
Era un camarote para cuatro. Había dos camas listas y otras dos que se
desplegaban de las paredes. Carmen intentó bajar la primera, pero tuvo que
pedirle ayuda a Marta para poder hacerlo. Es increíble, cuando dos mujeres
hacen fuerza, se ríen. Y fue en ese momento que un joven golpeó la puerta
para darles la programación de la semana. Había cena con el Capitán, la
elección de la reina del barco, la noche de blanco, karaoke y varias
promesas más. Pero ésta, la primera, era la fiesta de bienvenida. Mumu
estaba tan ansiosa, que no paraba de moverse. Ya le había dicho a Marta que
lo único que quería era que un hombrecito de 24, 25 años, le diera un beso
en los labios, y con la lengua le recorriera los dientes como si se los
estuviese pintando. El barco no había zarpado todavía, y ella ya estaba
frente al espejo del baño delineándose la boca.
 
Cinco dias antes
Mumu llamó a lo de Helena y dejó un mensaje: “No lo puedo creer, me muero,
brasilnanaaaabrasil. Gracias, te juro que hace años que le vengo pidiendo
esto a Gilda”. Mumu era la menor de las cuatro. Hermana de Carmen, soltera
todavía, con una debilidad por los hombres de físico trabajado, venas
marcadas como fotos del cuerpo humano de la Enciclopedia Británica,
desfachada y boba. Cuando Jorge escuchó el mensaje y pensó: si no fuera la
voz de Mumu, diría que el mensaje está equivocado. Helena tuvo que decirle
lo que pasaba de la manera que no quería hacerlo y Jorge se fue enojado. Le
aclaró, eso sí, que no era por el viaje, sino porque no le había contado
antes, y tenía razón. Helena pensó que Dios aprieta, pero no ahorca, y salió
a comprar un conjuntito de ropa interior. Por suerte era lunes.
 
En el barco
A las mujeres les tocó el segundo turno para el simulacro de accidente. Se
pusieron como los marineros les pidieron, los chalecos salvavidas y las tres
se rieron sin disimulo de cómo le quedaba a Marta. Todos los pasajeros
tenían sus ojos posados en las tetas operadas que impedían que el chaleco
cerrara como debía. Igualmente, ella dijo que para qué iba a necesitar un
chaleco. Si llegara a chocar con un témpano y tuviera que flotar hasta que
llegue la ayuda, las tetas iban a servirle aunque sea para eso. Aunque, ya
le había dicho a Mumu, lo único que quería era que un hombre de unos 56, 57
años, le diera un beso en los labios, y con la lengua le recorriese los
dientes como si se los estuviese pintando.
     
Dos años antes
Miguel la dejó por Johnny, el peluquero del barrio. Marta, un mes después,
hizo dos cosas. Se cambió el nombre. Una noche de mucho vino blanco, tomó su
DNI y cambió la i de Mirta por la a de Marta. Y se puso un par de siliconas,
todavía sin estrenar.
 
En el barco
Tomaron sol. Mientras el barco se alejaba de la costa, ellas hicieron
silencio. Una por una, se fueron acercando a Helena y le dieron un abrazo de
agradecimiento. Ya había valido la pena. Lo que vendría, sería un regalo de
la vida para estas cuatro mujeres que se estaban quemando por dentro de
ganas por una aventura así. Se sacaron una foto con el sol detrás. Casi ni
se ven de lo oscuras que salieron. Y se fueron al camarote. Se bañaron, se
intercambiaron la ropa, se peinaron, disfrazaron a Carmen, que no se animaba
al escote al que la obligaba Helena, y salieron radiantes. Caminaron por la
alfombra y entraron como Rose en Titanic al comedor más lujoso que vieron en
su vida. Ideal para la película que se escribía en su historia.
 
Cuatro horas antes
Carmen hizo el bolso sin pensar. Sus pensamientos siempre llegaban al mismo
borde: qué diría Claudio. Y cada vez que lo imaginaba respondiendo, jugaba
con su anillo de casada. De viuda. Qué diría Claudio de este viaje a Brasil.
Así fue que se dio cuenta de que estaba más flaca porque el anillo casi se
le cae. Y como esas cosas que no pueden explicarse, se lo sacó y lo guardó
en el cajón de la mesa de luz. Sintió que se sacaba diez años, un camión de
melones y tres toneladas de tierra de encima.
 
En el barco
Se sentaron en una mesa cerca del escenario. Idea de Mumu. Mientras ellas
dejaban marcada la huella de la cantidad de veces que se levantaban a
servirse, la banda de música preparaba los micrófonos, afinaba una guitarra
y hacía unas pasadas por la percusión. Después de un suspiro largo, Carmen
se paró y levantó la copa. Las demás hicieron lo mismo. A través del vidrio
de las copas, los demás pasajeros se veían más jóvenes, más lindos, más
cercanos. Qué lindo que es el ritual del brindis en momentos así. Parece un
acento. De fondo, una voz lindísima empezó a cantar. Soltó un montón de
aaaas y las chicas la reconocieron enseguida. “A a a a, en el amor todo es
empezar”. Empezar a soltar, empezar a amar, empezar a extrañar, empezar a
empezar a empezar, lo que sea y cuando sea, hasta que la palabra se vacíe y
el sonido mueva los pies de estas almas que flotaban sobre el mar. Chocaron
las copas, las apoyaron en la mesa y no tuvieron que volver a sentarse. Si
lo hacían, les explotaba el corazón. “Explota explota me explo, explota
explota mi corazón”.
 
Ayudanos a escribir esta historia. Mandanos alguna anécdota de vacaciones a lanoveladesusana@grupoq.com.ar

Comentar COMENTARIOS
Clara Cabrera
Me pareció de una frivolidad enorme y encima de tilingos. Solo puede ocurrir a los que no trabajan. Les enviaré una aventura real.
sonia marinero
me gusto la novela anterior y esta tambien.me encantaria.escribir una historia.gracias por permitirnos soñar.
can
...y su nieve de que la quieren... le di caprio ja, ja ja ja.
Patricia
Hermosa la novela, me enconto!!! cuantas vivimos momentos asi y deseariamos que fuera realidad un monton de cosas! felicito por la revista y por la pag. Exelente no cambien! besos.
Norma
Me encantó la historia, pero me gustaria saber si tengo que escribir algo mio,o continuar con la historia de helena.


NOTAS ANTERIORES
La nueva vida de Matilde
La nueva vida de Matilde
Home/SusanaGiménez,finalabierto,belleza,moda,horóscopo,decoración,MajuLozano,Ravenna/NoticiasSusanaGiménez,finalabierto,belleza,moda,horóscopo,decoración,MajuLozano,Ravenna